Hay palabras que te marcan un recuerdo en la mente: Siempre, te quiero, no me olvides....
Pero las mejores palabras son aquellas que no se pronuncian. Son esas que vienen acompañados de esa amiga amarga llamada soledad, que te incita a pensar y meditar sobre qué coño estás haciendo con tu vida o sobre en que has cambiado para que las circunstancias no sean las previstas. Sin embargo, te paras a meditar y te das cuenta de que, en realidad, son las circunstancias las que han hecho que cambies; que esa chiquilla inocentona, fantasiosa y enchochada, a quien voy a engañar, se ha convertido en una quejica maniática, egoísta y desconfiada, que lo único que desea es un poco de felicidad entre tanto entuerto, y que el karma le perdone por todos los males cometidos.
Ver que todo tu alrededor está plagado de mentiras, que la verdad o es traicionera o no existe, que los amigos de verdad se cuentan con los átomos de un milímetro de un trozo de tu piel, y no con lo dedos. Que todo se desvanece, y que el destino final de los abnegados que no tienen la fórmula de la felicidad es acabar esposándote con la felicidad de la soledad inerte, y deseando que tus pobres huesos tengan un sitio donde yacer muertos.
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