Sentada en un banco de la Plaza Mayor, contemplo como el tiempo pasa y no encuentro lo que necesito. Veo pasar las horas viendo a las palomas corretear y aveces me pregunto si traman algo contra la humanidad. De repente, me fijo en un hombre. Parecía risueño, pero su mirada era triste. Iba con su sombrero y su traje, aparentando ser feliz. Vi que él se encontró con una bella señora de tez fina y cuerpo esbelto con rizos de oro y ojos azules fríos y calculadores. Los dos aparentaban ser felices, pero yo era capaz de ver las intenciones de los dos. Él, solo quería a alguien que le acompañase en su dura vida. Ella, solo quería el dinero del acaudalado señor.
Decidí levantarme, coger mis hojas de papel vacías de sentimientos y mis carboncillos llenos de tristeza e irme. No tenía nada que hacer en un lugar donde, en su día, era feliz dibujando caras felices, ni tenía porque ver como aquel hombre echaba su vida a perder. Oía como la llamaba, cuando sentí que alguien me tocaba el hombro.
- Señorita, espere.
Quizás eran solo imaginaciones mías, quizás era cosa de la suerte o el destino, pero era él el que me llamaba.
Señorita, se le han caído estos carboncillos.
Me di la vuelta, le dediqué mi mejor sonrisa, o lo intenté, y le dije un gracias antes de ponerme a caminar otra vez, aunque él no me dejó.
- Oiga, si quiere le acompaño hasta su casa.
Me ha gustado mucho, nos seguiremos pasando por tu blog! ^^
ResponderEliminarTe seguimos ;)
un besazo!
Increible,espero que publiques la próxima parte pronto! Por cierto...adivina quién soy.
ResponderEliminarTe quiero,preciosa.