Capítulo 3: Destino
Me decidí a contestarle, pero era muy fácil decirlo. ¿Qué le pondría? Al final, le puse lo primero que se me pasó por la cabeza:
Querido recogedor de carboncillos. La verdad, me sorprendió. La última vez que le vi fue hoy e iba con una mujer de cabellos dorados y de tez de porcelana. Me pregunto quien es. Un beso: La dibujante del parque.
Dejé mi nota donde dijo la nota y me escondí en la copa de un árbol no muy alto para leer y, por supuesto, ver si recogía la nota para pillarle de sorpresa- Pasaron las horas como las hojas de mi libro de la Filosofía de Platón y no lo vi. En cambio, si vi a la mujer de cabellos de oro alrededor del banco, pero al hombre de los carboncillos no lo vi en toda la tarde. Seguí esperándolo hasta bien entrada la noche. Cuando Margaret vino a buscarme, yo ya había terminado mi libro y estaba helada.
El hecho de que no fuese me decepcionó. ¿Qué le habría pasado? Aquella noche soñé con él.
A la mañana siguiente, sabía que me esperaba un día muy ajetreado; Tenía que visitar a los Morrison.
Verlos no era solo visitarles y un hola y adiós, no. Verlos era pasarse desde la mañana bien temprano hasta la noche bien cerrada en aquella casa. Cuando tu entrabas en esa casa y te recibía Elisabeth Morrison, podías olvidarte de todo lo que tenías previsto para aquel día. Ella te insistía en que te quedaras a comer de tal manera que no te podías escapar y te ofrecía tantos tés que después no volvías a tomar aquella bebida caliente en una semana.
Me vestí con mis mejores galas y, escogiendo de acompañante a Margaret, fui dando un paseo hasta aquella casa. Pero cual fue mi sorpresa cuando me abrió el hombre de los carboncillos.
- Hola, señorita McDonals. Pase por favor, mi madre le espera.
¿Su madre? ¿Él es el hijo de la señora Morrison? ¿Eric Morrison?
lunes, 23 de agosto de 2010
sábado, 7 de agosto de 2010
Después de la nube...
Me siento,
respiro y pienso.
Me relajo,
me pregunto si hay atajos
para llegar a tu corazón prohibido,
lleno de esperanzas que se desvanecen
y, por extraño que parece,
hecho de menos continuamente.
Me pregunto,
por qué me pasa siempre.
Me desmoralizo al recordar
la historia continuamente.
Busco y no encuentro la solución
de tan enigmático problema.
¿Por qué la vida ha hecho que baje
de esta nube sin problemas?
¿Por qué la vida no quiere
que sea feliz?
jueves, 5 de agosto de 2010
¿Destino cruel? 2
Capítulo 2: Sorpresa
Acepté de buen grado. ¿Qué más daba? Mi casa estaba en frente del parque. Él, ofreciéndome un brazo, me acompañó hasta la puerta en silencio y se despidió besándome la mano. Vi como se iba corriendo y me fijé en que había un papel doblado en el suelo con una inscripción de letra esperada:
Para usted, señorita.
Cogí la nota con curiosidad y, de repente, se abrió la puerta de mi casa. Era mi ama de llaves.
- Señorita... ¿Qué hace usted aquí fuera?
- ¿Y tu? ¿A dónde vas?
- ¿Yo? A comprar...
- Vas a ver a bruno ¿verdad?
- Si, señorita.
- Bueno... De paso trae un saco de patatas del mercado.
- Si, señorita.
Mi ama de llaves se llamaba Margaret. Era una jabatona con pelo rizado que llevaba trabajando con mi familia desde que tenía 15 años. Tenía un hermano llamado Bruno que trabajaba como mozo de cargas en la casa de los Morrison. Hacía todo el trabajo sucio, desde ir a comprar hasta limpiar cuadras. Ella estaba muy preocupada por el porque el tenía una extrema delgadez y acostumbraba a llevarle comida. Pensaba que no se alimentaba bien.
Subí corriendo por las escaleras y, cuando llegué, cerré la puerta y me senté a leer la misteriosa nota. Sabía que la curiosidad mató al gato, pero, en este caso, mi curiosidad ganó al sentido común, La nota, con la misma letra esmerada, decía así:
Hola señorita, le tengo que confesar que me he fijado en usted. Todos los días veo como se sienta a dibujar en el mismo banco y, la verdad sea dicha, tengo mucha curiosidad. Deseo conocerle y le ruego que me responda de este modo: escriba una nota como esta y déjela entre los maderos del banco donde se sienta normalmente, yo lo recogeré y viceversa. Atentamente: El recogedor de carboncillos.
Me quedé estupefacta. ¿A mí? ¿Una nota? Si yo espantaba a los hombres. Me llamaban ''Jennifer McDonals la tonta''. A veces pensaba que esa fama era merecida aunque sabía que no era así. Aún así... ¿Quién era el misterioso joven? Y... ¿Por qué me escribía notas si lo más probable es que se casara con la mujer de tez de porcelana?
Acepté de buen grado. ¿Qué más daba? Mi casa estaba en frente del parque. Él, ofreciéndome un brazo, me acompañó hasta la puerta en silencio y se despidió besándome la mano. Vi como se iba corriendo y me fijé en que había un papel doblado en el suelo con una inscripción de letra esperada:
Para usted, señorita.
Cogí la nota con curiosidad y, de repente, se abrió la puerta de mi casa. Era mi ama de llaves.
- Señorita... ¿Qué hace usted aquí fuera?
- ¿Y tu? ¿A dónde vas?
- ¿Yo? A comprar...
- Vas a ver a bruno ¿verdad?
- Si, señorita.
- Bueno... De paso trae un saco de patatas del mercado.
- Si, señorita.
Mi ama de llaves se llamaba Margaret. Era una jabatona con pelo rizado que llevaba trabajando con mi familia desde que tenía 15 años. Tenía un hermano llamado Bruno que trabajaba como mozo de cargas en la casa de los Morrison. Hacía todo el trabajo sucio, desde ir a comprar hasta limpiar cuadras. Ella estaba muy preocupada por el porque el tenía una extrema delgadez y acostumbraba a llevarle comida. Pensaba que no se alimentaba bien.
Subí corriendo por las escaleras y, cuando llegué, cerré la puerta y me senté a leer la misteriosa nota. Sabía que la curiosidad mató al gato, pero, en este caso, mi curiosidad ganó al sentido común, La nota, con la misma letra esmerada, decía así:
Hola señorita, le tengo que confesar que me he fijado en usted. Todos los días veo como se sienta a dibujar en el mismo banco y, la verdad sea dicha, tengo mucha curiosidad. Deseo conocerle y le ruego que me responda de este modo: escriba una nota como esta y déjela entre los maderos del banco donde se sienta normalmente, yo lo recogeré y viceversa. Atentamente: El recogedor de carboncillos.
Me quedé estupefacta. ¿A mí? ¿Una nota? Si yo espantaba a los hombres. Me llamaban ''Jennifer McDonals la tonta''. A veces pensaba que esa fama era merecida aunque sabía que no era así. Aún así... ¿Quién era el misterioso joven? Y... ¿Por qué me escribía notas si lo más probable es que se casara con la mujer de tez de porcelana?
lunes, 2 de agosto de 2010
¿Destino cruel?
Primer capitulo: El encuentro
Sentada en un banco de la Plaza Mayor, contemplo como el tiempo pasa y no encuentro lo que necesito. Veo pasar las horas viendo a las palomas corretear y aveces me pregunto si traman algo contra la humanidad. De repente, me fijo en un hombre. Parecía risueño, pero su mirada era triste. Iba con su sombrero y su traje, aparentando ser feliz. Vi que él se encontró con una bella señora de tez fina y cuerpo esbelto con rizos de oro y ojos azules fríos y calculadores. Los dos aparentaban ser felices, pero yo era capaz de ver las intenciones de los dos. Él, solo quería a alguien que le acompañase en su dura vida. Ella, solo quería el dinero del acaudalado señor.
Decidí levantarme, coger mis hojas de papel vacías de sentimientos y mis carboncillos llenos de tristeza e irme. No tenía nada que hacer en un lugar donde, en su día, era feliz dibujando caras felices, ni tenía porque ver como aquel hombre echaba su vida a perder. Oía como la llamaba, cuando sentí que alguien me tocaba el hombro.
- Señorita, espere.
Quizás eran solo imaginaciones mías, quizás era cosa de la suerte o el destino, pero era él el que me llamaba.
Señorita, se le han caído estos carboncillos.
Me di la vuelta, le dediqué mi mejor sonrisa, o lo intenté, y le dije un gracias antes de ponerme a caminar otra vez, aunque él no me dejó.
- Oiga, si quiere le acompaño hasta su casa.
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