Nunca sé como empezar, aunque una buena coletilla es precisamente esa.
Tras mi última publicación, que por supuesto, nadie ha leido, me siento muchísimo mejor. Pienso que el ordenar mis ideas para mi y desahogarme en este folio infinito que me proporciona este medio electrónico han servido para quitarme, o disminuirme mi gran miedo, el de dudar. Supongo que es mejor que nadie lo lea. No me hace falta, solo quiero hilar todos mis pensamientos. Como diría Él, un blog no es un lugar al que se acude para escribir para otras personas, se escribe para uno mismo, y eso hace que sea tan personal.
Son exactamente las 7:09 A.M. No es que halla madrugado por algún motivo, es que no he dormido. Ha sido la mejor noche de San Juan de mi puta vida, hablando mal y pronto. Desde el épico robo (desde aquí pido disculpas al hipermercado en cuestión, no fue de mala fe) de un carrito, hasta un chaparrón con viento incluido que se nos avecinó en cero coma, y de nuevo el carrito nos salvó, puesto que agilizó la huida a la casa más próxima.
Por cierto, se supone que estoy durmiendo. Oigo ruido fuera, pero en habitación solo estamos mi ordenador y yo, cosa que ansiaba, ya que la soledad, tantas veces odiada por una servidora, no siempre es enemiga, a veces es el mejor cómplice para liberarte en secreto y a hurtadillas, como es el caso, del peso que tu alma lleva.
A lo que íbamos. Tras unas cuantas (muchas) copas, y varias botellas a nuestra salud, en casa de una amiga empezamos a jugar a un muy interesante juego que consiste en lanzar una pregunta y responderla lo más sincera posible.
Una de esas preguntas era "Qué piensas de ti mismo". Me quedé callada. No sabía que pensaba de mi misma, pero tenía claro que nada bueno. No quería contestar nada malo, puesto que no quiero dar pena ni parecer alguien que llama la atención, pero finalmente se dieron cuenta de que no abría la boca e insistiéndome me instaron a comentar lo que pensaba. Respondí "nada". "La nada es un todo" me dijeron. Yo sólo podía calificarme como nada. Nada. Nada significa vacio, ausencia, reparos, excusas. Agua, verano, nadar.... ser libre.
La siguiente cuestión interesante fue: define con una palabra a los asistentes.
Definí a mi niño como un mochi. Creo que él no entiende muy bien por qué, él me definió como "amor", y yo ese calificativo se lo di a mi mejor amiga.
Las características de un mochi es que son pasteles dulces. Por fuera son blandos pero tiene rugosidades y asperezas que hacen que te cuesten apreciar realmente como es. Por dentro, es de una pasta dulce, que yo en él pondría ambrosía, no se merece menos. Pero lo que más me interesa es la tela blanca que divide estos dos fragmentos. Su escudo, que, por lo visto, se derrumba de una manera pasmosa con unas cuantas copas cargadas.
Pero... me caló lo que dijeron de mi. Sobretodo el primer calificativo que me adosaron. "Luchadora"....
Luchadora
Luchadora. Luchadora yo, que ni siquiera en un momento de tranquilidad con mis amigos puedo dejar ese nudo de la garganta en mi casa. Pero... tenía fe en mi
Alguien, exterior a mi familia y mi novio, tenía fe en mi. Estaba convencida y aseguraba que era luchadora, de carácter fuerte y gran personalidad. Realmente no sé donde lo ven, pero desde aquí les doy las gracias por ver esos adjetivos en mi..
También afirmaron que era segura de mi misma. Eso me costó creerlo, pero dialogando me dijeron que soy muy segura, pero me crean inseguridad. y es verdad...
Él lo es todo para mí. Y si él confia en mi, y mis amigos igual, debo hacerlo yo. Sé que puedo, sé que lo haré y sé que seguiré con él. Todavía nos queda toda una vida de aventuras por vivir mi amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario